Novelar la Historia

09 Jun, 2021

 

“… Aunque nada pueda hacer

volver la hora del esplendor en la hierba,

de la gloria en las flores,

no debemos afligirnos

porque la belleza permanecerá siempre en el recuerdo…”

 

William Wordsworth, “Oda a la inmortalidad” 1807.

 

 

Desde un tiempo a esta parte la sociedad chilena y especialmente los jóvenes vienen realizando el ejercicio de revisión y cuestionamiento del relato unívoco de la historia oficial, confrontando incluso la formación que recibieron sus padres, donde las efemérides y personajes históricos eran aceptados e inmaculados. La mayor educación, el acceso a redes sociales, el estallido ciudadano, entre otros ha instalado una conciencia que pretende replantearse la historia tradicional.

 

 

El relato de la Historia, con mayúsculas, resulta del discurso que logra enarbolar el grupo social que resulta vencedor de un determinado conflicto social y/o político y que se erige como una narración verdadera y legitima. Dicho relato se transforma en lo que comúnmente denominamos la “historia oficial”, posible de leer en los textos escolares encargados de transmitir dicho saber; sin embargo, esta situación implica, además, que existen y persisten “otros” discursos y que no son visibilizados por la Historiografía y que necesitamos incorporar en forma y contenido a la construcción de nuestra identidad.

 

 

En el contexto anterior la novela histórica, siendo una obra de ficción, recrea un periodo histórico preferentemente lejano y en la que forman parte de la acción personajes y eventos no ficticios.

 

 

La novela histórica nace con el movimiento “Romántico” del siglo XIX, de la mano del escocés Walter Scott (1771-1832), quien publicó una serie de novelas ambientadas en la Edad Media inglesa como “Waverley” (1814) y su popular “Ivanhoe” (1819), cuya acción transcurre en la Inglaterra del siglo XII, que resiste la invansión de los normandos. Aquí el relato responde al deseo de nacionalismo y exaltación del pasado, propio del movimiento romántico. Posteriormente cobrarán enorme relevancia escritores como los  franceses Víctor Hugo y Alexandre Dumas o los rusos Aleksandr Pushkin y Lev Tolstoi.

 

 

Si bien, en Chile los primeros textos nacionales fueron “La Araucana” (1574), de Alonso de Ercilla y “El cautiverio feliz” (1673), del militar Francisco Núñez de Pineda y Bascuñan, fue a principios del siglo XIX, donde la novela histórica tuvo su verdadero auge. Figuras como José Victorino Lastarria, se encargaron de fundar el discurso de «escribir para el pueblo, ilustrarlo, combatiendo sus vicios y fomentando sus virtudes, recordándole sus hechos heroicos, acostumbrándole a venerar su religión y sus instituciones».

 

 

Actualmente existe un auge de este género literario y autores como Guillermo Parvex con su “Veterano de tres guerras”, “1978: el año que marchamos a la guerra”, “El rey del salitre que derrotó a Balmaceda”, ha demostrado el enorme interés de un público que se atreve a ahondar en nuevas miradas sobre la historia de nuestro país, mismo objetivo del periodista y profesor universitario Carlos Tromben con sus novelas «Huáscar», «Balmaceda» y «Santa María de Iquique», o la exitosa Patricia Cerda con “Rugendas”, “Violeta y Nicanor”, «Mestiza» o “Bajo la Cruz del Sur”, que se suman a la premiada Isabel Allende que desde “La Casa de Los Espíritus” (1982), “Inés del Alma Mía” (2006), y recientemente “El Largo Pétalo de Mar” (2019)viene indagando en hitos y momentos claves de nuestra historia, más allá de la efeméride y la anécdota.

Acercarnos a nuestro pasado con curiosidad y mirada inquisidora, no significa validar una deconstrucción violenta que borre el camino recorrido; sino que desde la convivencia respetuosa integremos todos los relatos y matices posibles.

 

 

La novela histórica es una invitación a mirarnos de forma entretenida en esos vacíos subjetivos que dejan los relatos oficiales, es comprendernos en los fragmentos que faltan y que llenamos con fantasía e imaginación, es resignificarnos y re-leernos a nosotros mismos es mirar a nuestros Héroes en su emocionalidad y fortalezas, permitiendo que nuevos lectores y sobre todos los más jóvenes vayan al encuentro de sus raíces e identidad.

 

Por Victor Gonzalez.

 

 

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